El actual Ministerio de Ciencia e Innovación, dirigido por Cristina Garmendia, albergará las competencias en ciencia e investigación que poseía el anterior Ministerio de Educación y Ciencia, antes Ministerio de Ciencia y Tecnología, antes Ministerio de Educación y Cultura, nuevamente Ministerio de Educación y Ciencia y así hasta Ministerio de Industria o de Fomento. Este nuevo Ministerio de Ciencia e Innovación, antes nada, se convertirá en el octavo organismo que en pocos años de democracia tomará las decisiones que las sesudas cabezas pensantes formulen en temas de ciencia y en las pocas competencias que aún le quedan de universidades. Además de estos organismos, para hacer un seguimiento real de los paseos de la ciencia en los escorados caminos de la burocracia, hay que tener en cuenta las estructuras educativas de las 17 Comunidades Autónomas y sus sucesivas reestructuraciones, por no hablar de los Patronatos, Fundaciones, Consejos y Secretarías de Estado adscritos a distintos Ministerios o Universidades. La ciencia pasea entre fundaciones y comunidades autónomas, ministerios y consejos, institutos y oficinas, mientras conoce a caras que sólo desde lejos son distintas.
Pero aún se pude aumentar más el lío. El anterior gobierno socialista realizó indudables esfuerzos en inversión y financiación científica, alcanzando el 1,2% del PIB nacional en 2007, con la creación de los programas Ingenio, Consolider, Avanza, de las nuevas fundaciones, todo ello en un intento por hacer que el objetivo de Lisboa no sea simplemente una broma -inversión de un 3% del PIB para el 2010- pero poco ha cambiado. Los proyectos se siguen asignando a los de siempre; la “ventanilla única” sigue siendo un prototipo; el rellenar documentos imposibles a precio de catedrático, una costumbre; los obstáculos para creación de empresas, inabarcables; el director del CSIC, el mayor centro de investigación en España, nombrado a dedo. Y ahora se suma a la confusión un nuevo ministerio. Nuevos sobres, cartas, membretes, sedes, rótulos, organigramas. Gastos que podían haber ido directos a la ciencia. Burocracia que imposibilita las intenciones.
Se siguen dando vueltas en círculo sin plantear lo verdaderamente importante: que la creación científica es lenta por definición y que lo que necesita no es un cambio de nombre sino una actitud valiente, esto es, un pacto de Estado no de Gobierno que garantice una financiación constante independientemente de quien gobierne y, sobre todo, una sencillez burocrática e institucional para aplicarla. No hace falta otro ministerio, el anterior podía perfectamente haber hecho lo mismo sin gastar ingentes cantidades de dinero en el proceso. Si la ciencia importa, que no se diga, que importe.
Mientras tanto, la ministra entrante del también naciente Ministerio de Educación, Política Social y Deportes, Mercedes Cabrera, tapa la cartera porque ¡ay! su ministerio ya no es de ciencia. Puestos a inflar el número de organismos hasta la ingobernabilidad, podría hacerse el ministerio de las cartas sin destinatario, de los sobres sin membretes, de los rótulos sin dueño, de los organismos sin sede, de los cambios de los cambios. Mientras la máquina de la burocracia engrasa por enésima vez lo desmontado, la ciencia espera.
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